Nunca antes en la historia se pudo medir con tanta objetividad como hoy que el mundo se halla al borde de una crisis global de alcance impredecible. No hace falta más que leer los informes científicos del más alto nivel y de diversas agencias de la ONU para saber que el planeta Tierra se está autodestruyendo de forma tremendamente acelerada. Bueno, no el planeta, sino sus habitantes racionales. Y nadie parece dispuesto a revertir la situación, que, por ciento, para muchos científicos ya resulta irreversible. Y la situación moral, y la simple supervivencia alimentaria, aunque menos objetivamente valorables, nadie se atreve a decir que son mejores que la medioambiental. Si la que estamos viviendo es la mayor de las crisis, es razonable que pensemos que tiene todos los visos de ser la última. En esta sociedad que ya dejó atrás hasta al posmodernismo, lo que predomina abrumadoramente es la desesperanza, el desencanto, la ausencia de ilusión por el futuro. Casi nadie es capaz de ver que haya un futuro. Todos se ocultan bajo una capa de ruidosa alegría de pago en la mayor de todas las industrias actuales, la del entretenimiento, la distracción, la huida de la realidad.
Alejandro Medina Villarreal ha venido a sacudirnos para que nos despertemos y proclamemos con confianza la bendita esperanza. Y no lo hace por puro voluntarismo, sino que con documentación contundente - por su fiabilidad y por su claridad - confirma los fundamentos de nuestra fe profética.